Una noche de verano
apacible, clara y fresca
se pasean por Arévalo
comediantes y poetas.
El teatro y la poesía
de siempre muy bien se llevan
y si Silvia los dirige,
todo sale de primera.
En la Plaza del Real
un narrador nos revela
los amores imposibles
del príncipe y la princesa.
Y para romper el hielo
un veterano poeta
nos dice que el tiempo pasa
igual que las hojas secas.
Y seguimos caminando
bajo la noche serena
escuchando a Don Francisco
de Quevedo, por más señas.
En la Plaza de la Villa
junto a las Torres Gemelas,
allí declara su amor
el príncipe a la princesa,
mientras en los Cuatro Caños
una voz dulce se queja
del olvido y abandono
de esta Plaza tan señera.
Víctima de una emboscada
un paje su vida deja
por haber osado amar
a la encumbrada princesa.
Cuando se llevan al paje
escuchamos un poema
al pie de Santa María
que otros tiempos nos recuerda:
habla de trabajos, juegos,
lugares, personas, fiestas;
dice que no queda nada
pero en su recuerdo, queda.
Queda, y quedamos nosotros
para hacer lo que se pueda
y sacar de nuestra historia
y pasado nuevas fuerzas
con que seguir y avanzar
abriendo siempre la senda.
En la Plaza de San Pedro
se oye de nuevo una queja:
han asesinado al príncipe
por orden de la princesa
que así ha querido vengarse
de la muerte traicionera
que dejó sin vida al paje
al que ella amaba de veras.
Ya delante del Castillo
otro poema nos lleva
a pensar sobre la vida
y el agua que se renueva.
Junto al Puente de Medina
en la voz de una poeta
se oye hablar a nuestros ríos
sobre Arévalo y su tierra.
Y así con este discurso
llegamos a nuestra meta,
la Iglesia de san Miguel
con su imponente belleza.
Allí nos felicitamos,
posamos para la prensa
y a todos damos las gracias
comediantes y poetas.
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